Descubrimiento y conquista del Perú por los españoles

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La penetración española en Perú (ver historia de España) se planteó desde Panamá; en esta ciudad. Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando de Luque, este último como capitalista, probablemente también con dineros de Espinoza y de Pedrarias, fundaran una sociedad (1524) para explorar el mar del Sur y el legendario Birú. 

Después de dos años de infructuosas exploraciones, Pizarro entró en contacto con el imperio incaico en Tumbes, y regresó a Panamá (1527) con piezas de orfebrería, tejidos e indios. Después de celebrar capitulaciones con Carlos V en Toledo (1529) volvió a Perú (1531) y con una hueste de 185 hombres y 27 caballos desembarcó en Tumbes.

Fundó la primera ciudad española en Perú, San Miguel (Piura), y llegó a Cajamarca, donde mediante un golpe de mano se apoderó del inca Atahualpa (1532), quien desde Huamachuco fue a Cajamarca a esperarlo con un ejército.

La separación del imperio en dos grandes facciones por las guerras entre Huáscar y Atahualpa, la resistencia contra los incas por parte de los reinos y pueblos recién conquistados, la sorpresa y la diferencia de culturas hicieron posible una rápida ocupación.

Después de haber hecho ejecutar a Atahualpa y de apoderarse de un fabuloso rescate, continuó hacia el Cuzco y fundó las ciudades de Trujillo (1534) y Lima (1535). Situada cerca del mar, por su fácil comunicación con Panamá la capital creció rápidamente.

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Pizarro ciudad Atahualpa – nuevayorkya.com

La reacción indígena se produjo alrededor de la figura del príncipe Manco Cápac II, a quien Pizarro había nombrado Inca (1533) tras la ejecución de Atahualpa. En 1536 Manco Cápac II escapó al control de los españoles, puso en marcha la resistencia, sitió el Cuzco, donde se encontraban los hermanos de Pizarro, y mandó otro ejército a sitiar Lima, donde se hallaba el gobernador, poniendo en grave peligro la conquista española.

Después de diez meses de asedio, el coraje de los hispanos y la técnica de combate europea se impusieron a la superioridad numérica indígena, y Manco Cápac II y sus orejones tuvieron que retirarse.

Manco Cápac II continuó la resistencia en forma de guerra de guerrillas hasta su muerte (1544), pero no pudo impedir la implantación del régimen de encomiendas y repartimientos por parte de los españoles.

Este sistema provocó la sucesiva destrucción de las antiguas comunidades aborígenes (ayllus), sobre las cuales se asentaba el imperio incaico, y su sustitución por latifundios trabajados con mano de obra servil (indios encomendados).

Se produjo con ello una rápida baja de la productividad agrícola, agravada por la destrucción de muchos de los sistemas de irrigación incaicos y por el descenso de la población indígena o su retraimiento a zonas montañosas, al margen de la organización colonial española. Las luchas civiles entre los conquistadores fueron continuas: Pizarro y Almagro lucharon por el dominio del Cuzco (1537-38) hasta que Almagro fue derrotado en la batalla de Salinas y luego decapitado.

Después del asesinato de Pizarro (1541), el hijo de Almagro se sublevó contra el gobernador nombrado por el rey, pero fue también derrotado en Chupas (1542). A pesar de todo ello, Perú se convirtió en un núcleo de expansión, a partir del cual se realizó la exploración y conquista de la mayor parte del territorio sudamericano (Ecuador, Colombia, Chile, etc.), hasta traspasar la selva virgen, frontera oriental del imperio incaico (expedición de Orellana por el Amazonas).

Período virreinal de Perú

La publicación de las Leyes Nuevas de 1542, que abolían la servidumbre personal de los indios y preparaban la extinción de las encomiendas al prohibir su perpetuidad, su transmisión hereditaria y su venta, fue muy mal recibida por los conquistadores. 

Para facilitar su ejecución, la Corona creó el Virreinato del Perú, pero el primer virrey nombrado, Blasco Núñez de Vela (1544), chocó con los encomenderos, que veían amenazados sus intereses y se sublevaron bajo el mando de Gonzalo Pizarro, dando muerte al virrey en la batalla de Añaquito (1546).

Las negociaciones entre los encomenderos sublevados y Pedro de La Gasea, enviado (1546) para restablecer la autoridad real, dejaron sin efecto las Nuevas Leyes, excepto en lo relativo a una reglamentación de los servicios personales de los indígenas; de ese modo, Gonzalo Pizarro perdió muchos de sus partidarios y La Gasea pudo vencerlo fácilmente cerca del Cuzco (1548).

El desarrollo explosivo de la minería que siguió al descubrimiento de Potosí (1545) atrajo gran cantidad de inmigrantes procedentes de Panamá y las Antillas, territorios que quedaron casi despoblados. El área minera abarcaba Perú y Bolivia, pero faltan datos seguros para valorar la producción de cada zona.

En territorio peruano se exploraron los placeres auríferos de los afluentes del Amazonas, las minas de azogue de Huancavelica (descubiertas en 1564), que posibilitaron la explotación intensiva de las gangas argentíferas mediante la técnica de la “amalgama americana”, las de plata de cerro de Pasco (descubiertas en 1630) y, posteriormente, las de Puno, Hualgayoc, Quiravilca, etc.

La mano de obra indígena se obtuvo masiva y coercitivamente por la institución de la mita, de tradición incaica pero actualizada por los españoles para el aprovechamiento de la masa indígena; cada pueblo de indios tenía que proporcionar periódicamente un cupo variable de trabajo forzado.

La mortalidad entre los mitayos, obligados a trabajar en condiciones durísimas y en regiones muy alejadas de sus lugares de origen, fue muy elevada. Desde 1630 constituyó un grave problema el reclutamiento de mano de obra para la minería, a causa de la despoblación, y se sucedieron las disposiciones que dieron primacía a la minería sobre la agricultura.

Ésta había experimentado a partir de 1560 un cierto reavivamiento con la introducción del arado, el cultivo de la caña de azúcar (1561) y el de diversas especies europeas (trigo y vid), cuya aclimatación se intentó.

Perú fue la única región americana en que la ganadería indígena (llamas, alpacas, etc.) se mantuvo con cierta fuerza, aunque en materia de transporte fue sustituida por muías, empleadas, sobre todo, en el trabajo de las minas.

La industria textil (obrajes) tuvo cierto auge a mediados del siglo XVI, favorecida por la abundante materia prima (lana y algodón) y por la tradición manufacturera aborigen; a pesar de la legislación restrictiva de 1569, que intentó imponer el monopolio manufacturero de la metrópoli, se mantuvieron los obrajes y llegaron a exportarse al resto de Sudamérica y Filipinas, pero reducidos a una producción basta y de poco precio.

El virrey Francisco de Toledo (1569-81) sentó las bases administrativas y sociales por las que se rigió el virreinato durante todo el período colonial. Estableció oficialmente la mita, fijó las tasas que los indios habían de pagar a los encomenderos y a la Corona y mejoró las comunicaciones con el sistema de tambos.

La resistencia contra la mita se polarizó en la región de Cuzco, en torno a la figura del inca Túpac Amaru, a quien el virrey Toledo hizo ejecutar en 1572. Lima se enriqueció considerablemente con el monopolio del comercio entre la Península y la totalidad de la América del Sur, realizado a través de las “flotas de la plata” que, organizadas en Lima, seguían la ruta Callao-Panamá.

Los comerciantes limeños monopolizaban la distribución y venta de los productos procedentes de la metrópoli y lograron que el excelente puerto de Buenos Aires quedara cerrado al comercio hasta ya entrado el siglos XVIII.

Durante la primera mitad del siglo XVIII la crisis general del imperio español no alcanzó al Perú, cuyos envíos de plata a la Península alcanzaron su máximo auge entre 1590 y 1630 y no tuvieron un descenso considerable hasta después de 1650. Los ataques de los piratas (Drake, Hawkins, etc.) a los puertos del Callao y al norte de Perú fueron continuos y obligaron a los virreyes a fortificarlos.

Durante el siglo XVIII el despotismo ilustrado de los Borbones limitó la hegemonía burocrática y comercial de Lima. La extensión del virreinato peruano se vio reducida con la creación de los de Nueva Granada y Río de la Plata, y la apertura del puerto de Buenos Aires al tráfico intercontinental puso fin al monopolio comercial limeño.

La sublevación de Túpac Amaru II (1780-81), que conmovió a todo el virreinato y afectó al Cuzco y a las regiones bolivianas, sirvió para estrechar las tradicionalmente buenas relaciones entre la burocracia española y la burguesía criolla de Lima ante la amenaza indígena.

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Elizabeth Arias Ojeda
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