La hijastra del presidente de Nicaragua se solidariza con la actriz Thelma Fardín y revive los abusos de su padrastro

foto Zoilamérica Narváez, la hijastra de Daniel Ortega
Zoilamérica Narváez, la hijastra de Daniel Ortega - nuevayorkya.com
foto Daniel Ortega y Rosario Murillo
Daniel Ortega, Presidente de Nicaragua y Rosario Murillo – nuevayorkya.com

En diálogo con Clarín, la socióloga de 51 años analiza la denuncia de violación presentada en Nicaragua por la actriz argentina Thelma Fardin contra el también actor rioplatense Juan Darthés, cuando ambos realizaban una gira artística en el país centroamericano. “Es simbólico que haya ocurrido en Nicaragua, un país donde el propio presidente de la República es un abusador sexual”, afirma Zoilamérica, que hoy trabaja apoyando a personas LGBTI que viven violencia.

En 1998, Zoilamérica Ortega Murillo acusó a Daniel Ortega de violarla cuando era niña. A mediados de 1998, Zoilamérica Ortega Murillo rompió el silencio que había mantenido desde los 11 años y acusó de abuso y violación sexual a su padrastro Daniel Ortega, entonces ex presidente y diputado opositor en Nicaragua. La denuncia llegó a los tribunales pero no prosperó porque el líder sandinista se amparó en su inmunidad; posteriormente, su control sobre el sistema judicial le permitió que el caso fuera archivado de forma definitiva.

Veinte años después de aquella denuncia, Zoilamérica vive exiliada en Costa Rica, porque Ortega otra vez es presidente y su madre biológica, Rosario Murillo, que le dio la espalda para defender a su marido, es la vicepresidenta del país.

foto Thelma Fardin, junto a sus compañeras actrices
Thelma Fardin, junto a sus compañeras actrices – nuevayorkya.com

¿Qué sentiste y pensaste al conocer el caso de Thelma Fardin?

No he dejado de pensar en ella. Trasnoché viendo los videos de su denuncia, porque cuando leí el primer post en el Facebook de mi hijo, todo dentro de mí se volcó en pedazos otra vez. Su rostro es el espejo de todas las que hemos vivido violencia sexual. Conmueve, duele ver pasar tu historia en otro cuerpo; adivinar cómo habrán sido sus diez años de silencio tragándose el veneno de la culpa y toda la telaraña de sentimientos que nacen como consecuencia de guardarle el secreto al agresor.

La mayoría de víctimas de abuso sexual demoran mucho tiempo en poder denunciarlo. ¿A qué se debe esto?

El momento de la violación produce en la víctima un terremoto de sentimientos. El abusador nos penetra y siembra la confusión. Toma tiempo incluso saber, como ella muy bien lo dijo, que lo que nos pasó se llama “abuso sexual” o “violación”. Yo encontré en un libro que lo que lo que me había ocurrido se llamaba “incesto”. Así de terrible es la desorientación que el abuso produce en una niña o una adolescente.

El abusador, con cada palabra dicha durante el abuso, le otorga a ese acto de violencia física un acto de conquista de nuestro razonamiento. Mientras nos abusan e invaden nuestro cuerpo, repiten palabras como mantras perversos que nos llevan o a culparnos o a aceptar que esa circunstancia fatal y dolorosa, al ser contada, nos pondrá un sello por el cual podrán condenarnos. Callamos sin haberlo decidido, es un tipo de dolor que no sabemos explicar.

Pero, ¿sabés qué? Las mujeres somos invencibles. Porque nuestra esencia y las nuevas formas de ser muchas y de estar juntas, nos hace empezar a rechazar el secreto, a darnos cuenta que guardando el secreto estaremos protegiendo al abusador, que seguirá abusando, porque nunca tiene una sola víctima.

¿Cómo influyen la formación familiar, la educación religiosa, el poder y los tabúes de la misma sociedad en la revictimización de una mujer abusada?

Es muy complicado. Los abusadores sexuales seleccionan a sus víctimas en función de condiciones de vulnerabilidad. En el caso Darthés, había un grupo de artistas adolescentes de gira internacional (que llegaron a Nicaragua) con un solo adulto “protector”. Pero además la familia puede enseñar a guardar una suerte de obediencia a los adultos, que pueden paralizar a un niño o adolescente frente un caso de abuso. Pienso que un primer elemento a cambiar es enseñarle a los niños y las niñas que los adultos no son objeto de obediencia por el hecho de ser mayores, y que éstos deben cultivar un liderazgo amoroso y con límites, pero nunca con autoritarismo.

Es muy difícil que hoy en un mundo con esquemas a veces tan autoritarios como las escuelas, los niños y niñas aprendan a pensar distinto de sus profesores y directores. La indisciplina es la palabra con la que confundimos las diferencias de pensamiento; entonces, cuando un ser con poder me agrede de alguna manera no tengo herramientas para confrontarlo y más bien me paralizo.

A mí reiteradamente me han pedido que perdone. Me han dicho que como cristiana debo poner la otra mejilla. O recordar que Rosario Murillo es mi madre, pero yo les pregunto: ¿y quién le recuerda a ella que soy su hija? ¿Quién le dice a ella que detenga su ola de persecución y venganza contra mí? El colmo de ciertas posiciones religiosas que también le dan ventaja al poder es que a las víctimas nos piden pagar el costo más alto en la difícil dinámica de salir del ciclo de la violencia. Las mujeres y las niñas callamos, en primer lugar, porque la cultura familiar nos enseña a ser obedientes y la cultura del poder nos enseña a ser sumisas. 

¿Sería adecuado que Juan Darthés enfrente un proceso en Nicaragua? ¿Pueden las autoridades del Poder Judicial y de la Fiscalía garantizar un proceso justo?

Yo creo que hay que ser objetivos. En primer lugar, apoyo y respaldo todos los pasos que Thelma necesite dar para hacer del proceso de búsqueda de justicia, parte de su propio proceso de recuperación de salud y de su poder. Los procesos judiciales deben tener, además de la lógica del Derecho, la ruta que las sobrevivientes necesitemos.

Para las sobrevivientes de abuso, los procesos judiciales plantean precedentes. La lección por aprender está en que, pese a la sentencia, podamos saber que nuestra verdad no depende de un escrito judicial. Esto lo digo porque me tocó aprender a darme cuenta que la impunidad no significaba que nadie me creía, y me correspondió ver la justicia más allá de los tribunales, que finalmente eran una extensión del poder de Daniel Ortega.

El día que declararon prescrita mi demanda de justicia, me sentí aplastada por el mismo poder del hombre que me abusó sexualmente. Fue otro abuso. Ojalá Thelma y todas las demás tengan el proceso al que tienen derecho.

Me comentabas que te gustaría contactar a Thelma Fardín. ¿Qué le dirías si la tuvieras enfrente?

Quisiera abrazarla. Decirle que el abusador no le robó la belleza, la fuerza ni su poder. Que eso está intacto. Decirle que hablar no lo es todo, que apenas ha empezado su camino de libertad. Y no importa cuánto haya que caminar, pero finalmente uno vuelve a aprender a ser feliz, vuelve a aprender a ser mujer.

Yo sé que hay días que dudamos de eso, que una se siente marcada y diferente para toda la vida, porque hay que seguir luchando con las huellas del daño que nos hicieron. Pero quiero decirle que su palabra es hoy su bandera de libertad, y que lo que hace por ella me devuelve también a mí la fe, la esperanza y la certeza de que, como le dije a mi hija, somos invencibles. Tengo motivos para agradecerle. Quisiera aprender a ser feliz con ella.

¿Cómo ves desde tu exilio en Costa Rica lo que está pasando en Nicaragua? El hombre que denunciaste como tu abusador sexual es la persona que se resiste a dejar el poder, a negociar una salida pacífica para esa grave crisis que lleva ya cientos de muertos y detenidos, y está llevando al país a un desastre económico.

Hoy me ha tocado ver lo que nunca pensé que vería, desde la distancia que impone una frontera: cómo se abusa y se destruye mi país. Observar la crisis en Nicaragua ha sido revivir cada acto de violencia que he experimentado interiormente. Es ver mi abuso repetido en los asesinatos de estudiantes universitarios, en los presos políticos, en los atropellos y en la destrucción jurídica y física de las ONG de mi país He sentido cada escena de violencia política desde abril a la fecha con la mayor impotencia. Pienso que la falta de justicia en mi denuncia contra Daniel Ortega lo ha hecho ser más violento, más tirano, más déspota. Que hay más niñas y adolescentes abusadas por él. Que hoy mi madre tomó el poder como su cómplice y no encontramos la forma de detenerlo.

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Elizabeth Arias Ojeda
Diseño, diagramación, layout y web de nuevayorkya.com

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